soy un pezcuezo

A proposito del #atentado en #Noruega…reflexión sobre el valor de la vida. Noruega vs Somalia

Aquí un interesante articulo de José A. Garcia que pone en tela de juicio el papel de los medios masivos de comunicación. Las vidas de noruegos aparentemente merecen mucho más espacio que vidas africanas.  Entonces ¿Vale lo mismo la vida de un noruego que la de un somalí?

Noruega y Somalia, ¿dónde está la diferencia?

José A. García Saez – ATTAC País Valencià.

Europa está consternada por la muerte de más de 90 personas en Noruega. La horrenda matanza que allí se ha producido deberá servir para reconsiderar la tibieza con la que hasta ahora demasiados gobiernos europeos han tratado a los cada vez más incipientes grupos de ultra-derecha. Que los individuos que forman parte de estos grupos suelen ser un peligro para la sociedad es algo que ha quedado demostrado de manera trágica en la isla de Utoya. De la misma manera, estos sucesos también deberían enseñarnos que sería tan injusto asociar el fanatismo a la religión cristiana y a los noruegos de pura cepa como lo ha sido asociarlo durante tanto tiempo al islam y a los musulmanes.

Al margen de estas consideraciones, es completamente normal la consternación que siente estos días el pueblo noruego y normales son también las muestras de solidaridad enviadas por sus vecinos europeos. Lo que no es tan normal es el agravio comparativo que se produce si al lado de la catástrofe de Noruega colocamos la tragedia de la hambruna que actualmente está azotando a Somaila y al resto de países del Cuerno de África. Según los datos que proporciona la FAO, en Somalia no han muerto 93 personas. Han muerto muchas más. Diariamente pierden allí la vida cientos de personas porque no tienen qué comer. Y esto ocurre en un mundo que cuenta con recursos y alimentos para todos.

A la vista de ello se hace indispensable preguntarse por qué esa diferencia de tratamiento mediático y de impacto social respecto de una catástrofe y otra, ¿dónde está la diferencia? Tan sólo atendiendo al número de víctimas, la actual situación de hambruna debería ocupar más portadas de diarios y copar más titulares de informativos que la matanza de Oslo. ¿Por qué no lo hace? ¿Acaso es que unas víctimas son europeas y nos identificamos con ellas, mientras que las otras son africanas y quedan demasiado lejos? ¿O el problema es que vale más la vida de unas personas que la de otras? No. Sería demasiado triste. Sería un total fracaso de nuestros sistemas educativos que la gran mayoría de la sociedad crea, como lo hacía el asesino de la isla de Utoya, que la vida de todas las personas no tiene el mismo valor.

El problema, en mi opinión, apunta más bien a la tendencia a considerar el hambre como una catástrofe natural, como una situación que es desagradable y cruel, pero que no podemos evitar. Podremos, como mucho, paliar sus efectos enviando caritativamente algunos alimentos que aquí nos sobran; o, en el mejor de los casos, aportando los gobiernos eventualmente un puñado de millones de dólares que servirán para calmar momentáneamente la situación.

Es momento de acabar con esa creencia. Las situaciones de hambruna, en el mundo de hoy, no son la catástrofe natural, fruto de sequías u otras inclemencias meteorológicas, que nos quieren hacer creer. Las situaciones de hambruna son hoy, en buena medida, la consecuencia de un sistema económico determinado. Debemos empezar a pensar que cuando una persona muere de hambre muere, en realidad, asesinado; y, aunque la culpabilidad esa muerte no es tan fácil de determinar como cuando alguien ha disparado un fusil, pueden encontrarse también las correspondientes responsabilidades.

Unos 1.000 millones de personas se encuentran en una situación de desnutrición en un planeta que produce alimentos para 8.000 millones. Si somos unos 6.500 millones de personas, las cuentas no nos salen: hay alimentos de sobra y, en cambio, una de cada seis personas en el mundo no tiene qué comer. Parece que la mano invisible del mercado se queda corta para distribuir equitativamente los recursos. Buena parte de la población mundial no puede acceder a los alimentos a los que tiene derecho porque éstos han alcanzado en 2011 —siempre según datos de la FAO— el precio más elevado de los últimos 20 años.

Entre las causas de esa general tendencia al alza de los precios debe señalarse la especulación financiera como una de las principales. Organizaciones como el ODG han realizado exhaustivos informes que muestran hasta qué punto están relacionadas el hambre y la especulación. Agentes financieros como Glencore o Goldman Sachs han ganado en los últimos años miles de millones jugando con el precio de los alimentos a través de la bolsa de Chicago, y bancos como Barclays o Caixa Catalunya han ofrecido inversiones en el mercado de materias primas presentándolas como un “depósito 100 % natural” (sic). Estos son sólo algunos nombres para mostrar que hay culpables y que se pueden encontrar las responsabilidades, si no jurídicas, al menos sí morales.

El reto está en comprender la relación de causa-efecto. De igual forma que focalizamos nuestra atención sobre el granjero noruego que disparó sobre los jóvenes del campamento, debemos poner nuestra mirada sobre esos fondos de inversión bancos que se lucran a cualquier precio, incluyendo el de miles de vidas humanas. Es cuestión de afinar el criterio, de no atribuir ya a supuestas causas naturales lo que realmente es fruto de las acciones humanas. Si, por fin, llegamos a la conclusión de que es necesario poner fin al problema de las muertes —o asesinatos— por hambre, deberemos presionar a nuestros gobiernos para que aporten en esta ocasión los 120 millones de dólares que la FAO pide para solucionar la hambruna que azota al cuerno de África (calderilla, si se tiene en cuenta que únicamente el rescate de la CAM ha costado al menos 2.000 millones de euros a los contribuyentes españoles). Pero fundamentalmente debemos unirnos en la exigencia de tres reivindicaciones imprescindibles: 1) la exigencia de unas reglas comerciales justas, que excluyan del libre mercado bienes de primera necesidad para las personas, 2) la regulación de los mercados financieros con el fin de evitar la especulación, y 3) la cancelación de la deuda externa de los países en desarrollo, que condiciona su producción agrícola destinándola a la exportación e impidiendo el ejercicio de su soberanía alimentaria. Mientras esto no ocurra y miles de personas sigan muriendo diariamente de hambre en el mundo, todas las consternaciones seguirán siendo un agravio comparativo y todos los titulares de prensa seguirán siendo sensacionalistas.

 

http://www.attac.es/noruega-y-somalia-donde-esta-la-diferencia/

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